
Simplemente con el matrimonio igualitario, es decir, que si se dan los mismos derechos a todos, incluyendo a los homosexuales, para casarse, la humanidad se terminará.
Sorprende que esto lo diga una persona inteligente, pero sorprende aún más cuando se afirma por sus seguidores que esta persona es infalible, porque de tomarlo en serio habría que pensar que el Sr. Ratzinger no es muy listo o que se equivoca mucho. Pero el actual jefe de la Iglesia Católica no es nada tonto y, desde luego, sus afirmaciones no son erróneas para el fin de que se trata, que es el de mantener contra viento y marea la doctrina de su iglesia y seguir arrogándose el monopolio moral y el derecho de injerencia en la legislación civil. Si para esto hay que exagerar, asustar o incluso mentir parece que existe licencia divina para hacerlo.
Es evidente que el derecho al matrimonio de unos no impide el de otros, de modo que no se ve de qué manera la felicidad de los homosexuales es origen de la desgracia de los demás o de toda la humanidad. La familia puede ser el núcleo de la sociedad, pero hay muchas familias, muchos héteros que se divorcian, muchos hijos abandonados por parejas de hombre y mujer y muchos otros defectos de los que los hostigados gays no son en absoluto responsables, pero esto no importa a un señor y una institución que se ha distinguido siempre por la máxima intolerancia con los que no comulgan con sus dogmas y la máxima indulgencia y ocultación de los propios pecados.
Antes eran los judíos, ahora los homosexuales.