
El acuerdo alcanzado el viernes 9 de diciembre está lleno se problemas y puntos oscuros, seguramente no zanja muchas cuestiones definitivamente y habrá que volver sobre él a corto plazo, pero no solo aleja la posibilidad de un colapso europeo sino que refuerza la unión de la mayor parte de la UE y abre paso a mayores avances hacia la federación en el futuro. Que el Reino Unido se haya desmarcado del mismo y que puedan desmarcarse otros, como Suecia, no supone una "división" de Europa, como clama alguna prensa británica, sino más bien la eliminación del mayor obstáculo que ha habido hasta la fecha para una mayor integración.
Cierto que sería deseable que el Reino Unido estuviera dentro, pero los ingleses siguen anclados en una visión insular que desconfía de la unión y sus instituciones y que mantiene profundas reticencias a la aparición de una gran potencia continental. Nacionalismo, insularismo y un orgullo rancio se unen para poner anteojeras a unos británicos que apenas tienen más que vender que los servicios financieros, unos servicios que fuera del euro y apartados de las decisiones importantes pueden languidecer y dejar de interesar.
Los que creemos profundamente en una mayor integración y deseamos una verdadera federación vemos con cierto alivio el abandono británico, puesto que con él desaparece el mayor enemigo de una Europa verdaderamente unida en lo económico, lo político y lo militar. No sabemos si lo conseguiremos, pero, si es así, los británicos tampoco tendrán nunca la puerta cerrada, a pesar del portazo que acaban de dar.
Europa puede no ilusionar a muchos ahora, hasta hay algunos que la ven como un problema, pero hay que estar ciego para no ver que los pequeños estados-nación europeos no tienen futuro alguno cada uno por su cuenta y que el proyecto europeo es de lo más ilustrado que se ha hecho en la historia para superar el nacionalismo y mejorar la vida de cientos de millones.
Europa sigue siendo el futuro, el Reino Unido prefiere quedarse en el pasado.