NAVIDAD NO, GRACIAS

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Uno de los sentimientos más liberadores de mi edad madura es el de no tener que celebrar nada cuando llegan las fiestas de Navidad y fin de año. Parece que estas ferias exageradas apenas se celebraban hace 150 años, o que se celebraban como cualquier otra festividad religiosa, pero por una serie de circunstancias acabaron convirtiéndose en lo que son hoy día: una explosión de consumo, alegría forzada y compulsión familiar.

Tal vez me gustaran las navidades cuando era muy niño, especialmente por los regalos, pero pronto se me hicieron odiosas por lo que traían consigo: malos humores de mis padres, pesadas cenas familiares, visitas de parientes poco simpáticos y forzadas vacaciones en una finca campestre que yo detestaba.

Durante mis años en el extranjero me alegré mucho de la desaparición de todo lo anterior, que volvió a restaurarse parcialmente cuando, al volver a Madrid, tuve que volver a pasar por la pesada obligación de la cena familiar con hermanos y parientes políticos en casa de mi madre, a la que gustaba la fiesta tan poco como a mí, pero que se sentía obligada a hacerla igual que se sentía obligada a tantas otras cosas.

Porqué se hace tanto énfasis en la familia en estas fiestas es un misterio, pero siempre lo será para mí que se haga tanto énfasis en ella en cualquier época, con cuentos beatos acerca del placer de estar juntos y cursilerías varias sobre afectos, perdones y otros sentimientos que pueden estar allí o sustituidos por el odio o la indiferencia.

Feliz sin Navidad es para mí un slogan mejor que Feliz Navidad.

qu © Joaquin Arroyo 2011