
No sé qué esperaba los votantes de los cambios de gobierno en España y otros países europeos, pero cualquiera mínimamente informado sabe que no significan más que una continuación de lo mismo. Tal vez la única verdadera diferencia se produzca en Italia, donde el desalojo de Berlusconi ha desbloqueado una situación muy difícil, pero tampoco se ve allí la luz, con un parlamento dividido y con la auténtica amenaza de la Liga Norte, heredera directa del fascismo más vulgar, xenófobo y populista.
Desgraciadamente, argumentos xenófobos y populistas se oyen con mucha frecuencia en todos los países porque a la mayoría le gusta tener un chivo expiatorio sobre el que cargar culpas, especialmente cuando no se comprenden o no se quieren comprender las muy complejas causas de las actuales dificultades; complejas solo hasta cierto punto, porque en última instancia se trata de una reordenación o reparto de riqueza y recursos, que ya no se concentran en Europa y Norteamérica, sino que se reparten por más sitios con las consecuencias que vemos. Los avances tecnológicos también suman su influencia y, con estos dos factores principales que actúan de forma global los gobiernos nacionales tienen poca capacidad de maniobra.
Los populismos ponen anteojeras a los muchos descontentos que, como es evidente, no son en absoluto revolucionarios en los países occidentales, sino personas que ven como su sueño de bienestar burgués se esfuma o se hace más difícil.
No resulta fácil aceptar la realidad, es decir, que Europa es un territorio pequeño, con pocos recursos naturales y una población porcentualmente cada vez más insignificante, pero reconocer esta realidad, así como que el bienestar no está garantizado por historia y mucho menos por derecho, es una condición imprescindible para adaptarse a la misma y conseguir algunos objetivos, entre los que se cuenta la unidad del continente. Ningún populismo o nacionalismo tiene claves de futuro; todos ellos son caminos hacia la nada.